- por Jorge Gobbi
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Los «candados del amor» se han transformado en las últimas dos décadas en un objeto habitual de panorama turístico. Cada uno de estos candados se coloca en un lugar relevante de una ciudad, normalmente puentes sobre ríos. Cada uno de ellos tiene dos nombres grabados a mano; tras cerrarlos, la llave se arroja al agua. El problema de estos love locks es que se acumulan hasta poner en peligro estos puentes o estructuras relevantes para la historia de la ciudad. Detrás de su aparente banalidad, esconden una tensión difícil de abordar: hay que verlos tanto desde una dimensión poética del gesto del los turistas como por sus efectos materiales, a veces destructivos, sobre el espacio público compartido.
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Origen y expansión
Si tenemos que rastrear el origen de esta práctica nos tenemos que ir a la literatura y a los primeros años de este siglo, a partir de la novela italiana Ho Voglia di Te de Federico Moccia. En su trama una pareja fija un candado en el Ponte Milvio romano y arroja la llave al Tíber como promesa de amor eterno. Lo que comenzó como ficción literaria se convirtió en fenómeno viral. El Pont des Arts de París alcanzó una escala que obligó a actuar: en 2015, casi un millón de candados fueron retirados tras comprometer la integridad estructural del puente. El Brooklyn Bridge, puentes en Moscú, Seúl, Melbourne, Budapest (la lista supera tranquilamente las 100 ciudades) dan cuenta de una práctica que las redes sociales no inventaron pero sí multiplicaron velozmente.
Lo llamativo no es solo su difusión, sino su mecánica: los sitios donde ya hay candados generan una expansión descontrolada de más candados. Es un comportamiento típico de la lógica del «lugar de deseo» en el sentido que marcaba Dean MacCannell en su libro El Turista: la marca de otros visitantes valida y amplifica el propio gesto. El turista busca trascender la superficialidad cotidiana mediante rituales de visita que sacralizan lo «auténtico», aunque a menudo se trate más bien de una autenticidad escenificada. Ya escribí bastante sobre estos temas en ponencias que tienen más de 20 años, por cierto.

Una arqueología contemporánea
Ceri Houlbrook sostiene que los love locks son «depósitos estructurados»: rituales repetitivos en los que un objeto cotidiano, en este caso el candado, se carga de significado personal mediante inscripciones de iniciales, fechas o pequeños símbolos, y se deposita en un sitio público de alta visibilidad.
Houlbrook los llama serial collaborative creations: obras que no tienen autor único, que se construyen por acumulación y que materializan afectos privados en el espacio compartido. No se trataría, desde este punto de vandalismo, sino de una forma emergente de expresión popular que, documentada con rigor etnográfico y diacrónico, podría revelar patrones de movilidad turística, procedencias, tendencias culturales y transformaciones del imaginario romántico a lo largo del tiempo.
El problema es que esa estrategia de documentación rara vez ocurre. Y mientras tanto, las infraestructuras donde los turistas dejan esos candados se deterioran y ponen en peligro el patrimonio ubano.
El conflicto en el espacio público
Aquí reside la tensión central que cualquier profesional del turismo o gestor del patrimonio no puede ignorar. Los love locks son un ejemplo paradigmático de cómo los visitantes co-crean los lugares que visitan, al inscribir en ellos huellas literalmente permanentes -o que plantean como «permanentes». Pero el problema es que no existe ningún mecanismo de gestión que articule ese proceso.

Las consecuencias son conocidas: cables dañados por sobrepeso (Puente de Brooklyn, 2016), oxidación acelerada de estructuras históricas, y una acumulación que va más allá de los candados propiamente dichos e incluye lo que algunos llaman «basura romántica»: lazos, pulseras, condones, notas plastificadas. El espacio se transforma de una forma que los residentes perciben, con razón, como una apropiación unilateral por parte de visitantes que no cargan con los costos del mantenimiento del patrimonio urbano.
Las respuestas de las ciudades han oscilado entre la tolerancia, la remoción discreta y la sanción explícita. En Brooklyn, como se cuenta en una nota reciente de The New York Times, la activista Ellen Baum lideró campañas de remoción que reproduce la lógica del urbanismo táctico habitualmente asociada a los movimientos de base. Aunque en dirección contraria: para restaurar el orden, no para transgredirlo. Es una inversión que dice mucho sobre cómo la turistificación redefine los conflictos en torno al espacio urbano.
Un patrimonio que incomoda
Pensemos en una versión bastante dicotómica de la cuestión: ¿son los «candados del amor» una expresión legítima de la cultura popular contemporánea o una imposición estética y material de turistas sobre comunidades locales? Hay formas de sostener las dos posturas por separado. El problema es que no hay demasiados puntos de encuentro para plantear soluciones desde ambos planteos.
Houlbrook sugiere catálogos etnográficos como forma de preservar el valor documental de las instalaciones de «candados del amor» antes de que la remoción borre cualquier posibilidad de análisis. Es una posición académicamente justificable, aunque políticamente difícil de sostener ante administraciones que ante todo buscan el mantenimiento inmediato de los sitios relevantes de la ciudad antes que el archivo cultural.
Las soluciones híbridas que comienzan a ensayarse, como paneles dedicados para love locks o instalaciones temporales de arte urbano, apuntan en una dirección atendible, pero tienen varios problemas. Primero su éxito depende de algo que suele escasear en la gestión turística: capacidad para negociar entre la experiencia del visitante y las necesidades del lugar, sin subordinar una a la otra. Y segundo, depende mucho de la apreciación del turista en cuanto a la relevancia y autenticidad de su gesto de instalar el candado como apuesta por una relación «permanente» entre el destino y su vida personal.
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