- por Jorge Gobbi
Nunca fue tan fácil moverse por el mundo. Y la respuesta está en una infraestructura que, por diseño, es invisible. No se ve, no se toca, no se configura. Simplemente funciona. Así que esta entrada tiene como objetivo es que pensemos un poco en esa infraestructura invisible como excusa para analizar algunos de los cambios en el mercado global de viajes de los últimos 10 años.
Del caos de las SIM al «roaming silencioso»
Hace diez años, llegar a un aeropuerto fuera de tu país significaba enfrentarse a un ritual conocido: buscar un stand de la empresa de telefonía local, hacer fila, explicarle con señas a alguien en qué idioma querés comunicarte, pagar en efectivo una tarjeta SIM física y rezar para que funcionara. Si viajabas a tres países en dos semanas, repetías el ciclo tres veces. A veces, con suerte, en algunos países podías conseguir routers inalámbricos para conectar varios dispositivos, como en Japón. Pero más lejos de eso no llegabas.
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Hoy, la eSIM eliminó todo ese circo. El perfil de conectividad se descarga por software, cambia automáticamente al cruzar fronteras y cuesta bastante menos de lo que costaba el roaming tradicional. La conectividad pasó de ser un gasto impredecible a un costo bastante predecible, incluso si tenemos que viajar bastante seguido fuera del país.
Como producto de ese cambio, los stands de SIM en los aeropuertos, que durante años vivieron de la desinformación y la urgencia del viajero recién aterrizado, están en franco declive. No creo que los extrañemos.

Pagar el subte con la tarjeta del banco
El otro gran salto es en el transporte urbano. Durante décadas, cada ciudad tuvo su propia tarjeta propietaria. La Oyster en Londres, la MetroCard en Nueva York, el Suica en Tokio, la SUBE en Buenos Aires. Pequeños monopolios locales que te obligaban a cargar saldo, entender zonas tarifarias y volver a casa con tarjetas inútiles en el bolsillo, que a lo sumo se convertían en souvenires de viaje.
En Londres, NewYork, Singapur, Ámsterdam, Buenos Aires y cada vez más ciudades del mundo, alcanza con apoyar la tarjeta de crédito o el celular en el lector para subirse a cualquier medio de transporte. Sin registro previo, sin cuenta nueva, sin otra aplicación descargada más allá de las billeteras de Google o Apple.
Ahora bien: se volvió «silenciosa» para quienes ya están en el sistema. No necesariamente los mochileros que viajan con presupuesto muy acotados tienen mucho margen para gastar con las tarjetas. También hay otro punto: los sistemas públicos y antes monopólicos tenían costos muy bajos de acceso, mientras que las tarjetas de crédito tienen costos de mantenimiento. Así que por un lado te facilita la vida pero por otro te exige otro grado de inserción en el sistema.
La frontera ya no es un sello, es una base de datos
Buena parte de las naciones más populares entre los turistas reemplazaron el sello en el pasaporte por un registro electrónico: foto facial, huellas dactilares y datos del documento. Para los viajeros frecuentes, esto significa quioscos de autoservicio y colas mucho más cortas. Para quien ingresa por primera vez, un proceso más rápido de lo que era antes.
La inteligencia artificial analiza patrones de riesgo en tiempo real y los agentes fronterizos cruzan bases de datos de manera simultánea. Suena eficiente, y en muchos sentidos lo es. Pero también implica una centralización sin precedentes de datos biométricos de millones de personas. El debate sobre quién controla esa información, con qué fines y bajo qué garantías está notoriamente ausente del entusiasmo con que se presenta este avance. Tampoco es algo que sorprenda: si no encontramos mucho debate sobre la privacidad en las herramientas digitales que usamos todos los días, imaginen si eso se va a dar en el campo del turismo.
Las fintech le ganaron al aeropuerto
Cambiar moneda en el aeropuerto era, y en muchos lugares sigue siendo, un negocio redondo para quienes lo ofrecen y un desastre para quienes lo usan. Las comisiones son muy altas. Los retiros en cajeros internacionales suman cargos por todos lados.
Los bancos digitales o fintech cambiaron la ecuación. Tipo de cambio interbancario real, retiros gratuitos o de bajo costo en casi cualquier país, seguimiento automático de gastos. Y para 2026, la línea entre un banco y un proveedor de telecomunicaciones está desapareciendo: desde la misma app donde cambiás moneda podés comprar un plan de datos eSIM para tu destino, como pasa con Brubank en Argentina, por ejemplo. Muchas aplicaciones de pago en Argentina ahora permiten pagar sin problemas en Brasil gracias a la adopción del sistema Pix.
La convergencia es tan total que una sola empresa puede saber adónde vas, cómo te conectás, cuánto gastás y en qué. La concentración de datos en estas super apps es el precio no declarado de la comodidad.
El viaje fluido existe; la pregunta es para quién
El ecosistema de movilidad de 2026 es impresionante. La conectividad satelital permite banda ancha en pleno vuelo transatlántico o en un tren cruzando un bosque en Italia. Las super apps integran transporte, pago, alojamiento y seguro en una sola interfaz. La inteligencia artificial optimiza rutas, detecta fraudes y predice demanda en tiempo real.
Para el viajero con smartphone de gama media-alta, cuenta bancaria digital y pasaporte de país desarrollado, la experiencia es, efectivamente, fluida y transparente como nunca antes.
Pero hay varios temas sobre los cuáles preguntarse. Primero, ¿quién construyó esta capa, quién la controla, y a quién se le cobra el costo de la invisibilidad? En particular cuando la acumulación de datos sobre nosotros cruce fronteras y pase a estar regulado por distintas leyes nacionales y diferentes exigencias de seguridad. Segundo, que ese «acceso fluido» está reservado a quienes pueden mantener determinados niveles de gasto y acceso a la tecnología, y que eso no necesariamente es algo que todo tipo de viajero puede cumplir.
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