La fantasía instalada alrededor de Las Vegas era muy clara: cualquiera podía ir, gastar lo poco que tenía, y la ecuación económica igual cerraba. El jubilado que llegaba en autobús desde Phoenix. Los amigos que organizaban una despedida de soltero volando desde Chicago. El turista latinoamericano que quería ver de cerca el espectáculo estadounidense del exceso. Para todos ellos, Las Vegas tenía una habitación barata porque el casino quería tenerte adentro, un buffet abundante porque te mantenía en el complejo, mesas de blackjack con mínimo de cinco dólares donde podías pasar horas sin arruinarte.
Esa fantasía fue real durante décadas. En 2016, la ciudad tocó su pico histórico: 42,9 millones de visitantes en un año. Una ciudad en el desierto que recibía más gente que muchos países.
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Ya no es así. Y lo interesante no es que Las Vegas esté en crisis. Lo que nos interesa analizar es por qué está en crisis de identidad.
El giro que nadie frenó
A partir de la década del 2000, Las Vegas empezó a reinventarse. Los casinos vieron que el juego era muy volátil como fuente de ingresos, y que había un mercado más interesante arriba: el turista de alto poder adquisitivo que venía a cenar en restaurantes con estrella Michelin, ver residencias de artistas de primer nivel, o asistir a eventos exclusivos. La lógica era razonable. El problema es que, mientras perseguían ese segmento, fueron empujando hacia afuera al turista que había hecho grande a Las Vegas.

Las mesas de blackjack con mínimo de 5 dólares casi desaparecieron del Strip. Hoy el mínimo habitual es 25 dólares. Un desayuno para una persona en un hotel del corredor principal puede costar 44 dólares. Una cerveza industrial en vaso plástico, 18 dólares. El caso más elocuente lo protagonizó el Excalibur, uno de los hoteles más baratos del grupo MGM: en el mismo complejo donde la habitación solía costar 29 dólares, un café de Starbucks llegaba a 12. La contradicción se volvió insostenible cuando se hizo pública, y el CEO de MGM Resorts, Bill Hornbuckle, terminó reconociéndolo en la conferencia de resultados del tercer trimestre de 2025: «no deberíamos haber sido tan insensibles a la experiencia general. No podés tener una habitación a 29 y un café a 12.» (Las Vegas Review-Journal, 30 de octubre de 2025, versión completa en archive.ph)
Pero la habitación a 29 dólares va camino a dejar de existir muy pronto, si es que no lo hizo al momento de escribir esta entrada.
El modelo que reemplazó al original no es simplemente «más caro»: es estructuralmente distinto. Eventos como la Fórmula 1, el recinto para shows Sphere, o las residencias de artistas globales traen un perfil de visitante que no necesariamente recorre el Strip a pie, no compra en los comercios chicos, no se toma fotos con el tipo disfrazado de Pennywise en la vereda. Viene, consume en el circuito premium, y se va. Los que vivían del ecosistema más amplio, como los empleados de los casinos medianos, los negocios de souvenirs y los artistas callejeros, se están quedando afuera.
Los números del colapso silencioso
En 2025, Las Vegas recibió 38,5 millones de visitantes. Es la cifra más baja desde la recuperación pos pandemia, y un 7,5% menos que el año anterior. 12 meses consecutivos de caída interanual. El aeropuerto de la ciudad registró una baja del 9,6% en el tráfico de pasajeros solo en noviembre de ese año.
La paradoja que los datos revelan es llamativa: mientras caía el número de visitantes, los ingresos por juego del Strip cerraron 2025 en aproximadamente 8.800 millones de dólares de facturación, un récord histórico. Menos gente, pero más ingresos por cabeza. El modelo está funcionando para quienes lo diseñaron. El problema es que ese modelo tiene un costo que no aparece en los balances de los casinos.
La caída internacional fue especialmente pronunciada. Canadá, históricamente el mayor mercado internacional de la ciudad, cayó casi un 30%. Alemania, un 29%. México, un 22%. Parte de esto tiene explicación política: las políticas arancelarias de la administración Trump y los comentarios sobre anexar Canadá como estado 51 generaron un boicot espontáneo. Pero el factor político aceleró una tendencia que ya venía en curso: cuando un destino se vuelve caro, cualquier tensión adicional empuja al viajero a elegir otra opción.
Lo que los números no muestran
Hay algo que los informes de la Autoridad de Convenciones y Visitantes no capturan fácilmente: la percepción. Las Vegas construyó durante décadas una identidad muy precisa. Era el lugar donde las reglas normales no aplicaban, donde podías gastar de más sin culpa porque ese era el trato. Esa identidad era elástica y funcionaba para una gran variedad de turistas.
¿Puede Las Vegas ser simultáneamente el destino del lujo aspiracional y el lugar accesible para el viajero común? La respuesta honesta es que no. Y la decisión de a cuál de las dos audiencias priorizás define qué tipo de ciudad vas a ser.

El espejo que incomoda
Lo interesante de la crisis de Las Vegas es que no es un caso aislado. Es un ejemplo muy visible de una tensión que atraviesa buena parte del turismo contemporáneo: la «luxificación» de destinos que originalmente se construyeron sobre la promesa del acceso masivo. Berlín, Barcelona, Lisboa, Ámsterdam son todas ciudades que en algún momento fueron «descubiertas» como destinos accesibles y que hoy enfrentan versiones distintas del mismo problema.
En el caso de Las Vegas, la tensión es más visible porque el modelo original era más explícito en su promesa de acceso. Nadie te prometía que Venecia era barata. Las Vegas sí te prometía que podías jugar, comer, ver shows y alojarte sin arruinarte. Esa promesa era el producto.
Cuando el producto cambia sin que la narrativa lo acompañe, el viajero que llega con las expectativas de antes se encuentra con una ciudad que ya no reconoce. Y la próxima vez, elige otro destino.
La habitación a 29 y el café a 12. La primera está en la memoria del turista. La segunda en su bolsillo.
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